martes, 28 de octubre de 2008

Marcha contra la inseguridad

El blanco inunda las calles



Bajo el sol que caracteriza a la ciudad de la eterna primavera, se encontraba una multitud situada en el estacionamiento de Mega la Selva. A la cita acudieron familias de todas los estatus sociales, personas que impacientes esperaban las órdenes de los organizadores para comenzar el recorrido en contra de la inseguridad.
A las 7:00 P.M. en punto, como se había anunciado, comenzó la marcha. Los presentes iniciaron a avanzar con total tranquilidad. El ambiente era pacífico, tanto por el orden que había entre los presentes, como por el blanco que resaltaba en la ropa de los mismos, y es que pocos eran los que no acataron las instrucciones de la vestimenta.
Había tantas personas en la protesta, que mientras el inicio de la fila ya estaba en Calzada Leandro Valle, aún había quienes seguían saliendo del estacionamiento. De pronto, el paso se interrumpía por unos instantes, para después poder continuar con el recorrido. El ritmo al que se avanzaba era tomando en consideración toda la gente que se dirigía hacia el mismo destino.
Auque una de las peticiones hacia los participantes fue llevar una veladora de papel, hubo distraídos que por alguna razón no pudieron llevarla, pero esto no fue pretexto para no encender la llama contra la inseguridad, pues sobre Calzada Leandro Valle, a altura de la calle Cuautla, se localizaba una mesa llena de botellas de agua y veladoras, artículos que se les proveía a todo aquel que se acercará y lo pidiera.

Y los medios… también marcharon

A lo largo del trayecto, las cámaras hicieron notar su presencia; cubrían la nota para todos los medios de comunicación; fotografiando y filmando a aquella ola blanca que inundaba las calles. Principalmente se encontraban en el inicio de la marcha, donde los empresarios y organizadores encabezaban la protesta. Como disgusto hacia todo ese flash que empapaba a estas personas, hubo alguien de entre la sociedad civil que descontentó gritó: “¡ya no posen!”. A lo que su esposa lo trató de tranquilizar con un jalón de brazo, mientras que a aquellos que “les quedó el saco” comenzaron a reírse.
A pesar de que la marcha no tendría que haber tenido ningún tinte político ni ideológico, es notable que lo habían, pues sino fuera así, esos empresarios que se encontraban al tanto de las cámaras, hubieras actuado como cualquier otro presente, mezclándose entre los civiles, pero no fue así y en lugar de ello se mantuvieron en su lugar como “líderes”.
Al llegar a la primera glorieta localizada en Calzada Leandro Valle, nos encontramos con policías estatales que resguardaban el área. Nos detuvimos por unos instantes y volvimos a avanzar. A la altura de la segunda glorieta, se encontraba una mesa con más agua y veladoras. Aunque la mayoría de las personas salieron desde el inicio, hubo quienes prefirieron esperar a que la marcha llegara a ellos y se integraron sobre el puente Porfirio Díaz.

Estamos juntos

Al haber transcurrido más de media hora de recorrido, el clima comenzó a bajar ligeramente su temperatura. En el rostro de las personas se notaba el compromiso que sentían al haber asistido al evento. Pequeños caminaban de la mano de sus padres, bebés entre brazos dormían al compás de los pasos, ancianos con pasos delicados se unieron al llamado por un país seguro. Un hombre que caminaba a lado de quien esto escribe, preguntó a una señora: “¿vienes sola?” a lo que ella, con una sonrisa respondió: “No. Vengo con todos, porque todos estamos juntos.”
Al pasar el puente Porfirio Díaz, un miembro se unió a la marcha, alguien no muy apreciado por los demás. Se trataba de una motocicleta que a manera de necedad decidió que la marcha no le era un impedimento, por lo que pasó por en medio de los civiles, creando un molesto ruido que por supuesto sobresalía entre todos. Las personas disgustadas por tal evento, comenzaron a quejarse por la inconciencia del conductor gritándole se saliera de la marcha.

Casi llegamos

La marcha llegó a un semáforo, que aunque radiaba una luz roja, de nada sirvió dicha señal de alto, pues la sociedad civil continúo su paso para incorporarse a la Calle Arista. La mayoría de los negocios que se encontraban a los lados se encontraban cerrados, eran muy pocos aquellos que sus cortinas estaban arriba y en servicio. Aquellos que se encontraban dentro de los negocios, ya fueron clientes o dueños, observaban atentamente a la multitud blanquecina que pasada frente a sus hijos.
Desde el balcón del Hotel Roma, encontrado en la misma calle, reporteros se encontraban fotografiando y grabando a todos los civiles. A esta altura los murmullos que se escuchaban al inicio de la marcha, habían subido la intensidad de su volumen, por lo que hubo quienes se quejaron, pues afirmaron: “dizque la marcha es silenciosa”. Y ya con una razonable distancia recorrida, el olor a humanidad comenzaba a percibirse.
A la altura de la Cámara de diputados, había una mesa más, con agua y veladoras. Sin embargo, la instrucción era que los pequeños portaran lámparas, para evitar incidentes. Dos pequeñas que caminaban a lado de su madre con una bandera en la mano cada quien, comenzaron a prender sus lamparitas, apuntando hacia todos lados, acto que hizo su madre las regañara y les ordenara apagarlas.
En la calle Morrow, esquina Matamoros, había una tienda de ropa, que aunque no se unió a la marcha por encontrarse abierta, sí apoyaba la causa, pues arriba de la ropa de su cortina, había dos banderas entre cruzadas: la mexicana y una blanca. Unos metros más adelante, en un negocio de comida, una pareja que estaban sentados dentro del local, movían globos blancos como muestra de apoyo.
Casi llegábamos a nuestro destino; el sonido de las palomas comienza a escucharse y se mezcla con el ritmo de los tambores de aquellos jóvenes que se encuentran en el zócalo cada semana tocando tales instrumentos. A medida que nos acercamos, el volumen de los sonidos es cada vez más fuerte, aumentando la emoción de llegar a nuestro destino.
Al llegar a la altura del zócalo, los maestros no pusieron resistencia ante nuestro paso, e hicieron a un lado las mantas que usualmente bloquean la calle. De lado del Kiosco, había gente y periodistas que observaban la marcha. Y como estrellas de cine, los flash estaban sobre nosotros. Caminamos entre los profesores, mientras que ellos, sentados o de pie nos veía transitar. Algunos de ellos se unieron a la fila, otros más, solo observaban.
Aunque el recorrido establecido era entrar por el lado del Palacio de Cortés, hubo quienes por cortar camino por otros caminos para llegar más rápido al destino. Ante tal situación, una mujer comenzó a gritar: “es por aquí, no por allá… parece venados”.
Eran las 8:10 y Plaza de Armas comenzaba a llenarse, más gente seguían llegando. Cinco minutos después la gente comenzó a prender las veladoras, aunque aún no era momento. En el ambiente se respiraba la emoción de estar ahí, la gente paciente tomaba un lugar y esperaba a recibir instrucciones. A las 8:21 el cielo comenzó a amenazar con lluvia. Mientras tanto, un hombre y una mujer gritaban apagarán las velas pues aún no era tiempo de prenderlas. La voz se corrió y todos hicieron caso.
Entre el murmullo de los presentes, sobresalía el llanto que algunos niños, a estas alturas la marcha no era para nada silenciosa. A las 8:23 comenzaron a avisar prendieran las velas y rápidamente una tela de llamas cubrió la plaza. Dos minutos después apagaron las luces. Ahora, la única luz que nos iluminaba era la de las veladoras, llama que simbolizaba la esperanza y necesidad de un México seguro.
Con las veladoras en la mano apuntando hacia el cielo, El Himno Nacional Mexicano comenzó a entornarse. Se sentía una emoción indescriptible, tanto que la que esto escribe no podía cantar, pues su garganta se cerró encontrándose al borde de las lágrimas. Todas las clases sociales estaban reunidas en el mismo lugar, por una misma causa. Al terminar el Himno, la gente comenzó a gritar, con un orgullo implacable ¡Viva México! Mientras que había quienes reclamaban a los que tiene el mando ¡Si no puede, renuncien! Los gritos continuaron por unos minutos. Al terminar la gente comenzó a retirarse, mientras que otros dejaban sus veladoras prendidas a lado del asta bandera.
Mientras que algunos reporteros entrevistaban a los participantes de la marcha, había otros que comenzaban a apagar sus cámaras. Al preguntarle al señor Antonio Tapia porqué había acudido a la marcha, comentó: “Necesitamos una autoridad sin tanta corrupción, por las leyes justas, no nada más sean para el ignorante y el pobre, sino en general… que el gobierno tome medidas, pues todos andamos con mucha tentación en todas partes… nadie se siente seguro ni en su misma casa”
La sociedad civil rompe el silencio y hace un llamado a las autoridades por un país más seguro. La soberanía se encuentra en el pueblo y se cede a aquellos que lo representan para mantener paz y equilibrio social, sin embargo esto no está sucediendo. Por ello es preciso que se haga algo al respecto, pues la delincuencia e inseguridad van en incremento. Nadie se siente seguro y no se puede confiar en nadie, ni en las autoridades, pues son ellas mismas las involucradas en la delincuencia.

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